Qué aporta y qué no

Ludens no es entrenamiento cognitivo. Es una excusa con forma para diez minutos de estar juntos. Esto es lo que eso da de sí, ordenado de lo que puedes comprobar tú esta tarde a lo que nadie puede prometerte.

Lo que pasa siempre

Nada de esto depende de ninguna investigación. Lo verificas tú mismo esta tarde.

  • Diez minutos sin pantallas, para los dos. Tú tampoco la miras. El móvil boca abajo encima de la mesa, y el mundo aguanta diez minutos sin ti.
  • Un plan ya decidido. La consigna llega hecha, así que os saltáis la negociación de «¿a qué jugamos?», que es exactamente donde se muere la intención la mayoría de las tardes.
  • Atención sin evaluación. Diez minutos en los que nadie le corrige, le puntúa ni le compara con su hermano. En el día normal de un niño, eso escasea más de lo que parece.
  • Un momento que se repite. Algo que ocurre a la misma hora todos los días y que él sabe que va a ocurrir. A las pocas semanas ya no lo pedís: lo esperáis.

Este bloque es el motivo por el que existe Ludens. Si mañana se demostrara que los juegos no sirven para nada más, seguirían siendo diez minutos buenos.

Lo que se trabaja mientras jugáis

Terreno de desarrollo infantil corriente, no de esos programas que prometen entrenar el cerebro. Contado por lo que se ve desde el suelo del salón:

  • Esperar el turno. Aguantar las ganas con las manos quietas mientras le toca al otro.
  • Atención compartida. Durante unos minutos los dos miráis lo mismo, cada uno sabe que el otro lo está mirando, y no hay nada más compitiendo por vuestra atención.
  • Calmarse acompañado. Cuando se le tuerce, se calma antes contigo cerca que solo. Con los años, ese es el camino por el que aprende a hacerlo sin ti.
  • Los dos lados del cuerpo. Juegos que piden poner de acuerdo las dos manos, o la mano con el pie contrario, y notar que al principio no se ponen de acuerdo.
  • Sostener instrucciones. Guardar tres pasos en la cabeza y ejecutarlos en orden sin que se caiga ninguno por el camino.

Todo esto ocurre mientras dura el juego. Es observable, y es ahí donde estos juegos ponen el foco.

Lo que no promete

Aquí no hay matices que añadir.

  • No sube el CI ni hace a nadie más inteligente. No conocemos ninguna actividad de diez minutos al día que consiga eso. Quien te lo prometa te está vendiendo algo.
  • No diagnostica nada. No es una prueba. Que un juego se le atragante puede significar solo que está cansado, que se aburre o que esa tarde no le apetece nada.
  • No trata el TDAH, la dislexia ni ninguna otra dificultad del aprendizaje o del desarrollo. Eso se valora y se acompaña con profesionales, con pruebas y con tiempo.
  • La transferencia a lo escolar es limitada y discutida. «Transferencia» quiere decir que lo que mejora en el juego se note luego en otro sitio. Y ahí está el problema: que mejore en un juego de memoria significa, sobre todo, que ha mejorado en ese juego. Si eso llega hasta la lectura, hasta atender en clase o hasta los deberes es una pregunta abierta, y los estudios que la han medido no se ponen de acuerdo. No te vamos a decir que sí.

Si te preocupa algo de verdad

Si observas algo que te inquieta —dificultades para atender que le complican el día a día, un desfase con la lectura o con el habla, cambios importantes en su ánimo o en su sueño—, no esperes a ver si mejora jugando. Habla con el pediatra, con el tutor o la tutora, o con un profesional de la psicología infantil. Ludens no sustituye esa valoración y no debería retrasarla ni un mes.

Fíjate en el reparto: todo lo que Ludens promete de verdad está en el primer bloque. Y el primer bloque no depende de que nadie tenga razón sobre nada.